La canción que emanaba de su
interior crecía hasta expandirse, perdiéndose entre los árboles. El viento se
la llevaba consigo, intentando retener aquella enigmática voz. Esta, sin
embargo, se resistía y escapaba de
sus garras regresando en forma de eco. Al
escucharla de vuelta, mezclada entre el susurro de los árboles, el nudo de su
estómago se tensaba por momentos pero aun así no podía parar de cantar.
La chica que cantaba mantenía los
ojos cerrados. A su alrededor miles de árboles se levantaban del suelo
apuntando alto hacia el cielo, las enredaderas trepaban por sus troncos y el musgo crecía de entre las rocas. Sus
pies descalzos, arañados y sucios pisaban la tierra húmeda de aquel recóndito
lugar.
Su voz era de una indudable
belleza al igual que su rostro. Pálido y fino, este, se escondía tras una
melena oscura que le llegaba hasta más allá del pecho, y sus rasgos, a primera
vista ingenuos, ocultaban en verdad un misterioso atractivo. A pesar del frío solo
llevaba puesto un vestido blanco, hecho añicos y manchado de tierra.
De sus ojos caían lágrimas negras
que se deslizaban por las mejillas, dejando huella. El vello de su cuerpo se
erizaba por completo, el corazón le latía con fuerza y un temblor permanente le
inutilizaba las manos pero ni ella misma era consciente de ello. Tan solo
sentía como esa presión del estómago subía hacia el pecho y del pecho hasta el
cuello, donde se desataba una sensación de ahogo que la inundaba por dentro.
Quería gritar a pleno pulmón,
agarrarse de los pelos, huir de aquel sitio. Sin embargo no podía dejar de
cantar o la mano que sujetaba el rifle que la apuntaba no dudaría en apretar el
gatillo.
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