30 diciembre 2016

ECO

La canción que emanaba de su interior crecía hasta expandirse, perdiéndose entre los árboles. El viento se la llevaba consigo, intentando retener aquella enigmática voz. Esta, sin embargo, se resistía y  escapaba de sus  garras regresando en forma de eco. Al escucharla de vuelta, mezclada entre el susurro de los árboles, el nudo de su estómago se tensaba por momentos pero aun así no podía parar de cantar.
La chica que cantaba mantenía los ojos cerrados. A su alrededor miles de árboles se levantaban del suelo apuntando alto hacia el cielo, las enredaderas trepaban por sus troncos     y el musgo crecía de entre las rocas. Sus pies descalzos, arañados y sucios pisaban la tierra húmeda de aquel recóndito lugar.
Su voz era de una indudable belleza al igual que su rostro. Pálido y fino, este, se escondía tras una melena oscura que le llegaba hasta más allá del pecho, y sus rasgos, a primera vista ingenuos, ocultaban en verdad un misterioso atractivo. A pesar del frío solo llevaba puesto un vestido blanco, hecho añicos y manchado de tierra.
De sus ojos caían lágrimas negras que se deslizaban por las mejillas, dejando huella. El vello de su cuerpo se erizaba por completo, el corazón le latía con fuerza y un temblor permanente le inutilizaba las manos pero ni ella misma era consciente de ello. Tan solo sentía como esa presión del estómago subía hacia el pecho y del pecho hasta el cuello, donde se desataba una sensación de ahogo que la inundaba por dentro.

Quería gritar a pleno pulmón, agarrarse de los pelos, huir de aquel sitio. Sin embargo no podía dejar de cantar o la mano que sujetaba el rifle que la apuntaba no dudaría en apretar el gatillo. 

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