30 diciembre 2016

THESE DAYS

   ―¿Así que lo conocías?
El agente dejó de ordenar el papeleo de la mesa y posó su aplastante mirada en aquel joven. Vestía una camiseta negra ceñida con un corazón atravesado por un puñal alado situado justo en el centro. Llevaba una melena oscura despeinada y se escondía tras un flequillo largo. El chico asintió con la cabeza sin mirarle siquiera a los ojos. Parecía que luchase consigo mismo para retener las ganas de escurrirse de la silla y ocultarse bajo la mesa. El tembloteo de su pierna lo delataba. Nada más entrar en el imponente despacho los nervios se habían apoderado de él y ahora tenía que someterse a la mirada de treinta años de experiencia del jefe de policía.
Decidió no mirarle directamente a los ojos pues era consciente del poder que tenía su mirada. Además no la necesitaba, el chico no mentía. De eso estaba seguro.
En medio de aquel silencio absoluto el joven se acercó la mano a la boca pero en el último momento la desvió hacia el pendiente de su oreja. A juzgar por sus uñas debía tener el vicio de comérselas en situaciones como esa. Quizá tendría más confianza si supiera que había sido el primero en captar toda su atención con solo dos palabras, pensó el policía. Pero por mucho que se ruborizara aquello era algo que no le iba a contar.
Desde que la noticia se adueñó de los medios de comunicación no había parado de recibir a estúpidos curiosos. Periodistas, hombres con ínfulas de escritores e incluso mujeres de tercera edad se habían presentado a comisaría en busca de los detalles más escabrosos. Y todos ellos, al ser echados, soltaban la misma pregunta: ¿Qué decía la nota?
El chico, sin embargo, había sido el único en permanecer cinco minutos allí dentro.
   ―¿Cuántos años tienes muchacho?
   ―Diecisiete ―contestó con un hilo de voz.
   ―Bien, chico de diecisiete años. Sorpréndeme. ¿Qué clase de relación puede tener un adolescente con el suicida del casino de Montreal?
Al oír el apodo que le habían dado los medios el pelo se le erizó al instante. No era la primera vez que lo escuchaba. La mañana en la que se enteró de la noticia llegaba tarde a clase. Aunque le asustaba imaginar la cara que pondría la profesora si no cogía el tren de las siete se retrasó buscando el mando del televisor para que así su madre pudiera seguir durmiendo plácidamente en el sofá. Cuando por fin lo encontró enterrado bajo los cojines y se dispuso a apretar el botón rojo la voz de la mujer del telenoticias lo distrajo.
<<Encuentran esta madrugada el cadáver de un hombre en su casa. Las autoridades confirman que el cadáver coincide con el hombre que la noche anterior ganó ni más ni menos que 200.000 dólares en el casino de Montreal. Todavía se desconoce el verdadero nombre de la víctima y todo apunta a que se suicidó nada más llegar a casa. Pero, ¿cuáles son los motivos que empujaron al suicida del casino de Montreal a suicidarse después de ganar 200.000 de dólares? >>.
Las palabras de la mujer que se habían grabado en su memoria retumbaron dentro de su cabeza. A continuación, apareció en su mente la imagen que enseñaron de él en el telenoticias. El hombre estaba en el casino, horas antes de su muerte, con un cartel enorme en el que había escrito la cantidad que había ganado.  Sonreía con lágrimas en los ojos.
   ―¿Y bien? ―inquirió el policía, impaciente. 
   ―No era su casa. No es posible que lo encontraran allí ―dijo antes de que pudiera procesar las palabras que salían de su boca.
Bajo el bigote canoso del agente pudo vislumbrarse una pequeña sonrisa torcida. El chico estaba en lo cierto.
   ―¿Por qué crees eso?
   ―Porque el hombre no podía tener una casa.
El agente frunció el ceño, confundido.
   ―Era un vagabundo ―añadió finalmente.
Aquella no era la respuesta que esperaba. Hasta ahora los que habían llegado a esa misma conclusión recurrían al hecho de que si se le hubiera encontrado en su casa se conocería el nombre de la víctima. Sin duda, la versión del chico era mucho más interesante. El agente lo observó otra vez y se dijo a si mismo que el muchacho sería suficientemente listo para saber por qué mentían con aquel dato. Después de todo, necesitaban algún truco para comprobar que aquellos que acudían, no para enterarse de la historia sino para reclamar el dinero, pudieran justificar que eran familiares o conocidos. Sí, seguro que el muchacho ya lo sabía.
Después de reaccionar, tosió y volvió otra vez con sus preguntas.
   ―¿Cómo lo sabes?
   ―Me gusta tocar la guitarra y mis amigos creen que no canto mal así que algunos días toco en la entrada del metro, en la estación Namur. Siempre voy sobre las ocho y me estoy hasta las nueve y media. ―Hizo una ligera pausa para coger aire antes de continuar―. Él estaba siempre allí, en una esquina, con un carro de la compra al lado, recostado encima de un papel de periódico. Me escuchaba tocar. Estoy seguro de que era él, desde ese día no le he vuelto a ver.
El agente anotó las palabras estación Namur y ocho-nueve y media en su libreta. Más tarde las necesitaría. Iría hasta allí y preguntaría a la gente que pasara entre aquellas horas si podían corroborar la declaración del chico. Aunque lo que decía tenía sentido. La ropa que llevaba puesta cuando lo encontraron podía ser perfectamente ropa sacada de uno de esos contenedores de ropa.
Levantó la vista.
   ―¿Entonces qué clase de relación teníais?
   ―Ninguna. Nunca hablé con él. Solo he venido para decir cómo se llamaba y que no creo que tenga a nadie que se preocupe por él. ―Se colocó un mechón de pelo tras la oreja ―. Una vez alguien que se dirigía a la estación gritó un nombre y él se giró de repente. No puedo asegurarlo pero por cómo reaccionó desde ese día he pensado que se llamaba así. Jack. Eso es todo.
El joven se levantó de la silla y cogió la guitarra enfundada que había dejado apoyada en la mesa del despacho. El agente lo siguió hasta la puerta y antes de abrirle para que marchara lo retuvo con una pregunta más.
   ― ¿No te gustaría saber que decía la nota?
   ― No sé si debería ―dijo encogiéndose de hombros.
   ―“Nadie quiere ser uno mismo estos días. Aún no hay nada a lo que aferrarse estos días”. ¿Te suena de algo?
   ―No ―contestó.
Después él agente lo dejó marchar aun sabiendo que mentía.
De camino a casa el chico no dejó de pensar en la letra de la canción “These Days” de Bon Jovi y el significado que guardaba. El hombre había escrito en su nota de despedida la letra de la canción que él solía tocar en la estación.

En aquel momento, caminando entre la gente, poco imaginaba el futuro que le aguardaba. El chico que tocaba en el metro un día cantaría frente un público que no cogería ningún tren, que se quedaría solo para él. Cantaría la historia de un joven que iba cada tarde a tocar a la calle y de cómo su mayor espectador le robó un día unas monedas sin que se diera cuenta. Ese día se fue hasta el casino, donde ganó más dinero del que podía contar. Al salir del lugar el peso de la culpa de saber que no merecía el dinero lo asfixió y aquella misma noche respiró por última vez antes de colgarse en la habitación de un motel. Pero lo que desconocía es que ese chico que tocaba en el metro fingió no prestar atención para que así el hombre que nunca pedía dinero cogiera lo que necesitara. 

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