―¿Así que lo conocías?
El agente dejó de ordenar el
papeleo de la mesa y posó su aplastante mirada en aquel joven. Vestía una
camiseta negra ceñida con un corazón atravesado por un puñal alado situado
justo en el centro. Llevaba una melena oscura despeinada y se escondía tras un
flequillo largo. El chico asintió con la cabeza sin mirarle siquiera a los
ojos. Parecía que luchase consigo mismo para retener las ganas de escurrirse de
la silla y ocultarse bajo la mesa. El tembloteo de su pierna lo delataba. Nada
más entrar en el imponente despacho los nervios se habían apoderado de él y
ahora tenía que someterse a la mirada de treinta años de experiencia del jefe
de policía.
Decidió no mirarle directamente a
los ojos pues era consciente del poder que tenía su mirada. Además no la
necesitaba, el chico no mentía. De eso estaba seguro.
En medio de aquel silencio
absoluto el joven se acercó la mano a la boca pero en el último momento la
desvió hacia el pendiente de su oreja. A juzgar por sus uñas debía tener el vicio
de comérselas en situaciones como esa. Quizá tendría más confianza si supiera
que había sido el primero en captar toda su atención con solo dos palabras,
pensó el policía. Pero por mucho que se ruborizara aquello era algo que no le iba
a contar.
Desde que la noticia se adueñó de
los medios de comunicación no había parado de recibir a estúpidos curiosos.
Periodistas, hombres con ínfulas de escritores e incluso mujeres de tercera
edad se habían presentado a comisaría en busca de los detalles más escabrosos.
Y todos ellos, al ser echados, soltaban la misma pregunta: ¿Qué decía la nota?
El chico, sin embargo, había sido
el único en permanecer cinco minutos allí dentro.
―¿Cuántos años tienes muchacho?
―Diecisiete ―contestó con un hilo de voz.
―Bien, chico de diecisiete años. Sorpréndeme. ¿Qué clase de relación
puede tener un adolescente con el suicida del casino de Montreal?
Al oír el apodo que le habían
dado los medios el pelo se le erizó al instante. No era la primera vez que lo
escuchaba. La mañana en la que se enteró de la noticia llegaba tarde a clase. Aunque
le asustaba imaginar la cara que pondría la profesora si no cogía el tren de
las siete se retrasó buscando el mando del televisor para que así su madre
pudiera seguir durmiendo plácidamente en el sofá. Cuando por fin lo encontró
enterrado bajo los cojines y se dispuso a apretar el botón rojo la voz de la
mujer del telenoticias lo distrajo.
<<Encuentran esta madrugada el cadáver de un hombre en su casa.
Las autoridades confirman que el cadáver coincide con el hombre que la noche
anterior ganó ni más ni menos que 200.000 dólares en el casino de Montreal.
Todavía se desconoce el verdadero nombre de la víctima y todo apunta a que se
suicidó nada más llegar a casa. Pero, ¿cuáles son los motivos que empujaron al
suicida del casino de Montreal a suicidarse después de ganar 200.000 de
dólares? >>.
Las palabras de la mujer que se
habían grabado en su memoria retumbaron dentro de su cabeza. A continuación,
apareció en su mente la imagen que enseñaron de él en el telenoticias. El
hombre estaba en el casino, horas antes de su muerte, con un cartel enorme en
el que había escrito la cantidad que había ganado. Sonreía con lágrimas en los ojos.
―¿Y bien? ―inquirió el policía, impaciente.
―No era su casa. No es posible que lo encontraran allí ―dijo antes de
que pudiera procesar las palabras que salían de su boca.
Bajo el bigote canoso del agente
pudo vislumbrarse una pequeña sonrisa torcida. El chico estaba en lo cierto.
―¿Por qué crees eso?
―Porque el hombre no podía tener una casa.
El agente frunció el ceño,
confundido.
―Era un vagabundo ―añadió finalmente.
Aquella no era la respuesta que
esperaba. Hasta ahora los que habían llegado a esa misma conclusión recurrían al
hecho de que si se le hubiera encontrado en su casa se conocería el nombre de
la víctima. Sin duda, la versión del chico era mucho más interesante. El agente
lo observó otra vez y se dijo a si mismo que el muchacho sería suficientemente
listo para saber por qué mentían con aquel dato. Después de todo, necesitaban
algún truco para comprobar que aquellos que acudían, no para enterarse de la
historia sino para reclamar el dinero, pudieran justificar que eran familiares
o conocidos. Sí, seguro que el muchacho ya lo sabía.
Después de reaccionar, tosió y
volvió otra vez con sus preguntas.
―¿Cómo lo sabes?
―Me gusta tocar la guitarra y mis amigos creen que no canto mal así que
algunos días toco en la entrada del metro, en la estación Namur. Siempre voy sobre
las ocho y me estoy hasta las nueve y media. ―Hizo una ligera pausa para coger
aire antes de continuar―. Él estaba siempre allí, en una esquina, con un carro
de la compra al lado, recostado encima de un papel de periódico. Me escuchaba
tocar. Estoy seguro de que era él, desde ese día no le he vuelto a ver.
El agente anotó las palabras estación Namur y ocho-nueve y media en su libreta. Más tarde las necesitaría. Iría
hasta allí y preguntaría a la gente que pasara entre aquellas horas si podían corroborar
la declaración del chico. Aunque lo que decía tenía sentido. La ropa que
llevaba puesta cuando lo encontraron podía ser perfectamente
ropa sacada de uno de esos contenedores de ropa.
Levantó la vista.
―¿Entonces qué clase de relación teníais?
―Ninguna. Nunca hablé con él. Solo he venido para decir cómo se llamaba
y que no creo que tenga a nadie que se preocupe por él. ―Se colocó un mechón de
pelo tras la oreja ―. Una vez alguien que se dirigía a la estación gritó un
nombre y él se giró de repente. No puedo asegurarlo pero por cómo reaccionó desde
ese día he pensado que se llamaba así. Jack. Eso es todo.
El joven se levantó de la silla y
cogió la guitarra enfundada que había dejado apoyada en la mesa del despacho.
El agente lo siguió hasta la puerta y antes de abrirle para que marchara lo
retuvo con una pregunta más.
― ¿No te gustaría saber que decía la nota?
― No sé si debería ―dijo encogiéndose de hombros.
―“Nadie quiere ser uno mismo estos
días. Aún no hay nada a lo que aferrarse estos días”. ¿Te suena de algo?
―No ―contestó.
Después él agente lo dejó marchar
aun sabiendo que mentía.
De camino a casa el chico no dejó
de pensar en la letra de la canción “These Days” de Bon Jovi y el significado que
guardaba. El hombre había escrito en su nota de despedida la letra de la
canción que él solía tocar en la estación.
En aquel momento, caminando entre
la gente, poco imaginaba el futuro que le aguardaba. El chico que tocaba en el
metro un día cantaría frente un público que no cogería ningún tren, que se
quedaría solo para él. Cantaría la historia de un joven que iba cada tarde a
tocar a la calle y de cómo su mayor espectador le robó un día unas monedas sin
que se diera cuenta. Ese día se fue hasta el casino, donde ganó más dinero del
que podía contar. Al salir del lugar el peso de la culpa de saber que no
merecía el dinero lo asfixió y aquella misma noche respiró por última vez antes
de colgarse en la habitación de un motel. Pero lo que desconocía es que ese
chico que tocaba en el metro fingió no prestar atención para que así el hombre
que nunca pedía dinero cogiera lo que necesitara.